Geopolítica de la dominación y revelación ontológica
Geopolítica
de la dominación y revelación ontológica
«Miren, el salario de los trabajadores que cosecharon
sus campos, el cual fue defraudado por ustedes, clama; y los clamores de los
segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos.»
— Santiago 5, 4
Exordio: la trama de la
injerencia
Hay momentos en la historia donde la diplomacia se quita la
máscara y la intención de una potencia queda expuesta en televisión abierta, a
la vista de todo el mundo. Cuando un líder político de primer orden afirma
abiertamente que se está extrayendo petróleo masivamente de otra nación, que
los costos de un ataque se pagan con el botín capturado y que ese país bien
podría convertirse en un territorio dependiente, no estamos escuchando una
opinión más: estamos presenciando la justificación de un saqueo a plena luz del
día.
Esta dinámica de aprovechamiento e injerencia exterior
sobre las riquezas nacionales no es nueva; ha sido una constante en la historia
de Venezuela. La diferencia sustancial radica en que hoy se expresa de manera
abierta, impune y descarada ante las cámaras. Sin embargo, esta historia de
expolio nunca ha ocurrido en el vacío: exige el entreguismo interior y la
complicidad de cúpulas que ceden el patrimonio nacional a cambio de cuotas de
poder.
Esta narrativa responde a la fría lógica del conquistador:
considerar al suelo venezolano no como una patria, sino como una inmensa
reserva energética valorada en miles de millones de dólares. Se desconoce la
soberanía económica, se impone un extractivismo masivo y se reduce la vida
diaria de los ciudadanos a una simple cifra de barriles de petróleo. Frente a
esta pretensión de dominio, la soberanía no es una mercancía que se negocia ni
un botín que se entrega al mejor postor: es un derecho fundamental que se
respeta y se defiende.
Es precisamente para desnudar esta estructura de dominación
y despojo que resulta imprescindible acudir a la pedagogía de la Revelación.
La raíz teórica del
colapso
El libro del Apocalipsis ha sido, durante siglos, la obra
más incomprendida y evadida de la historia. En las iglesias se esquiva en la
predicación por el temor infundado a aterrorizar a los fieles, mientras que en
la academia se le desestima por la aparente impenetrabilidad de su lenguaje
simbólico. Sin embargo, el obstáculo jamás ha residido en el texto sagrado,
sino en la traba de las lecturas lineales y literalistas que, al no saber
descodificar sus visiones, terminan reduciendo un mensaje de luz a un mito
sobre la destrucción final del mundo.
La palabra griega original apokalupsis no alude a un
fin del mundo anárquico ni a un castigo caprichoso. Significa strictly
«desvelar», «quitar el velo» o «ejecutar un desnudamiento ontológico»: es el
retiro paulatino de las ilusiones estructurales, morales y cognitivas que sostenían
a la civilización, para que la verdad oculta de la realidad quede expuesta en
su total transparencia. El Apocalipsis no es una profecía distante o una
amenaza para un futuro lejano; es la cartografía teórica y la radiografía más
lúcida de la crisis contemporánea que padece el planeta y que atenaza la vida
diaria de la gente común.
En este marco, la realidad venezolana se asume aquí no como
un fenómeno aislado o contingente, sino como el estudio de caso prototípico y
el laboratorio empírico por excelencia para contrastar de forma concreta cómo
las leyes universales de la Revelación se manifiestan en la historia presente.
Lo que hoy la ciencia de frontera intenta explicar desde la
geofísica, la economía o la sociología, la teología sagrada ya lo tenía codificado
en la estructura del Apocalipsis. El texto sagrado anticipó de forma asombrosa
las leyes de la termodinámica de la conciencia, la entropía social y la
heliofísica. Lo que la física define como el decaimiento de la coherencia y la
acumulación de fricción en un sistema cerrado, la Revelación lo desnudó desde
su raíz ontológica como el pecado y el alejamiento deliberado del orden de
Dios.
Este fenómeno espiritual es el que, desde nuestro Modelo
teórico de desarrollo integral desde la perspectiva axiológica y espiritual,
identificamos de forma equivalente con el impacto de las «bajas vibraciones»
del ser humano: la soberbia de la autorreferencialidad (filautia), el
engaño, la corrupción, el chantaje y la iniquidad social y económica. Esta
acumulación de energía entrópica termina destruyendo las bases de la
convivencia, fracturando las instituciones y rompiendo el escudo sutil del
territorio hasta desatar la purga inevitable del planeta.
La secuencia lógica del
despojo
Al adentrarnos en la arquitectura del Apocalipsis, la
apertura del septenario de los sellos en el capítulo 6 se revela no como una
suma aleatoria de eventos, sino como una demostración pedagógica de una
secuencia lógica e inexorable. Cada sello avanza progresivamente desnudando y
sacando a la luz pública la trama de un plan macabro, donde la acumulación de
la entropía moral y el dominio de la baja vibración van desmantelando, paso a
paso, la vida de una nación.
El primer sello
(Apocalipsis 6, 1-2) muestra la irrupción del primer jinete sobre el caballo
blanco, la ambición de dominio y la hegemonía imperialista. Sin necesidad de
darle protagonismo a figuras políticas individuales, el Apocalipsis desnuda el
«milagro» macabro de la geopolítica mundial: la pretensión histórica y
continuada de las grandes potencias por adueñarse de las riquezas ajenas.
Venezuela, por su posición geográfica estratégica y sus
inmensas reservas de petróleo, minerales y agua, ha sido blanco de una codicia
que busca amputar su soberanía, tratándola en la práctica como un territorio
tutelado o una colonia energética. Esta soberbia imperial es la encarnación
viva del caballo blanco: el impulso por salir venciendo y someter a los pueblos
vulnerables mediante la mentira diplomática o la fuerza dominadora (Apocalipsis
6, 2).
Esta pretensión de dominio desencadena inmediatamente la
dinámica del segundo sello
(Apocalipsis 6, 3-4): el segundo jinete sobre el caballo bermejo o rojo, la
violencia, el quiebre de la paz y la fragmentación social. Al montador de este
caballo rojo se le otorga una gran espada para quitar la paz de la tierra y
hacer que los hombres se maten unos a otros (Apocalipsis 6, 4).
Este caballo bermejo encarna la pugna histórica y
encarnizada entre bloques ideológicos y potencias de distinto signo —tanto las
vertientes del capitalismo voraz como los modelos del socialismo y comunismo
autoritario—. Detrás del ropaje doctrinal y del discurso polarizador, ambas
corrientes convergen en el mismo materialismo deshumanizante: utilizar a
Venezuela como un tablero de enfrentamiento geopolítico para capturar sus
recursos estratégicos y fortalecer sus respectivas esferas de poder. La
confrontación entre estos extremos ha exacerbado la división, el odio y el
conflicto entre hermanos, desatando la violencia interna y destruyendo la
convivencia social.
En la historia humana, esta acción maquiavélica responde a
una manifestación atávica de mezquindad, envidia y baja vibración: a las
potencias no les interesa bajo ningún concepto que un país con el inmenso
potencial de Venezuela se desarrolle, crezca e industrialice, pues una nación
próspera y soberana representaría una competencia directa y una amenaza a sus
intereses particulares de hegemonía. Por ello, ahogarla en la fragmentación
interna es el mecanismo deliberado para frenar su destino de grandeza.
Es precisamente como consecuencia de este enfrentamiento
fratricida y de la desestabilización promovida por los intereses de bando y
bando que se perpetra el despojo del capital intelectual de la patria: un éxodo
masivo de más de ocho millones de ciudadanos, mediante el cual las potencias
del mundo —y, de manera indirecta, diversos países receptores— se han llevado a
una porción significativa de los jóvenes talentosos, los intelectuales y los
profesionales de más alta formación, amputándole a la nación su cerebro y su
capacidad de desarrollo soberano.
Es sobre este terreno devastado por el conflicto y la fuga
de talento donde el tercer sello
(Apocalipsis 6, 5-6) instala su peso más temible y cotidiano: el tercer jinete
sobre el caballo negro, que sostiene la balanza en la mano. A través de la
proclama profética: «Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de
cebada por un denario; pero no dañes el aceite ni el vino» (Apocalipsis 6,
6), la Revelación condensa lo que en nuestro análisis traducimos como el
encarecimiento extremo de la comida, donde, en la mayoría de los casos, el
ingreso de toda una jornada ni siquiera alcanza para comprar el pan de la
subsistencia.
Aquí el Apocalipsis le habla directamente al venezolano de
a pie. Esta visión sagrada explica el fenómeno de la iniquidad económica, donde
se congela el ingreso real, se pulveriza el poder adquisitivo de los
trabajadores y se destruye el valor del salario mínimo vital. Es el drama de la
familia que se descubre en indigencia frente a costos prohibitivos en divisas,
donde comprar la proteína elemental, garantizar la salud o pagar tratamientos
médicos se vuelve un imposible. La balanza del caballo negro desnuda la
perversión de un sistema donde la economía se utiliza como un mecanismo de
sometimiento para quebrantar la dignidad del ciudadano.
Asimismo, la orden de «no dañar el aceite ni el vino»
encierra una doble revelación profunda. En el plano terrenal, expone la
asimetría del modelo utilitarista: mientras la comida básica del pueblo se
encarece hasta volverse inalcanzable, los negocios de especulación financiera,
los privilegios y los consumos suntuarios de las élites inicuas permanecen
intactos y sin tocar. Pero en el plano espiritual e intelectual, representa la
reserva inexpugnable del Ser: la baja vibración puede asfixiar el bolsillo del
ciudadano, pero es incapaz de contaminar la unción del Espíritu (el aceite), la
luz de la fe viva (el vino) y la dignidad moral del pueblo consciente.
La consecuencia final de este engranaje de ambición,
violencia y asfixia económica se manifiesta en el cuarto sello (Apocalipsis 6, 7-8): el cuarto jinete sobre el
caballo amarillo o pálido, cuyo nombre es Muerte y a quien sigue el Infierno
(Apocalipsis 6, 8), multiplicando la devaluación biológica. A este jinete «le
fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada,
con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra» (Apocalipsis 6, 8).
El Apocalipsis explica que el estrangulamiento
socioeconómico no es neutro; provoca un exceso de mortalidad evitable, arrebata
la protección a los adultos mayores y jubilados, y compromete de forma trágica
el desarrollo físico y cognitivo de la infancia. No es un desastre abstracto:
es el sufrimiento de hombres y mujeres de carne y hueso cuando la soberbia
humana pulveriza las bases de la vida.
En síntesis, esta secuencia lógica de los cuatro jinetes
expone la estrategia más maquiavélica y de más baja vibración del poder
imperialista: el objetivo fundamental jamás ha sido la paz, la democracia ni el
bienestar del pueblo venezolano, sino el apoderamiento absoluto de sus riquezas
materiales e intelectuales. Para las potencias dominantes, un país próspero,
soberano y en pleno desarrollo industrial y científico representa una amenaza
directa a su hegemonía; por ende, les resulta geopolíticamente conveniente
mantener a la nación sumida en el estancamiento, la vulnerabilidad y la
dependencia.
La reserva moral y el
pueblo fiel
Frente a este escenario de aparente desolación —aparente
porque, aunque la crisis abruma en lo material, la ruina terrenal no tiene la
última palabra ni logra doblegar el alma de la patria—, el capítulo 7
(Apocalipsis 7, 1-3) introduce una pausa de profunda esperanza ontológica.
Cuando el texto sagrado describe a «cuatro ángeles que detienen los cuatro
vientos de la tierra» (Apocalipsis 7, 1), representa la contención del colapso
y el freno a la entropía destructiva: un respiro divino para que el mal no
arrase con la reserva moral de la nación.
Esta pausa tiene como fin marcar con el sello del Dios vivo
la frente de sus siervos (Apocalipsis 7, 2-3), que en nuestro análisis es la
preservación del centro de la conciencia, el pensamiento superior y la dignidad
humana. Este sello se encarna en la inmensa mayoría de la fuerza laboral y
social venezolana que se ha negado a caer en las bajas vibraciones de la
corrupción, el engaño y la degradación ética. Es la reserva moral que sostiene
al país: la totalidad de los integrantes del sistema educativo nacional
—docentes, personal administrativo y obreros desde la educación inicial hasta
la universitaria—, los estudiantes de todos los niveles que perseveran con la
ilusión de formarse para el futuro, los trabajadores de la salud, los
productores del campo, los profesionales, técnicos y trabajadores de todos los
sectores, junto a las familias de profunda fe en Jesucristo y la Virgen María
que, con inquebrantable dignidad, mantienen vivo el tejido social y creen en el
destino de grandeza de la patria.
Es sobre esta reserva ciudadana donde el texto revela el
sellado de los 144.000 (Apocalipsis 7, 4) y la multitud vestida de ropas
blancas (Apocalipsis 7, 9). Lejos de ser un número literal o un cupo exclusivo,
esta cifra simétrica simboliza la totalidad inexpugnable del «Resto Fiel»:
aquellos millones de hombres y mujeres que han «lavado sus ropas en la sangre
del Cordero» (Apocalipsis 7, 14), sobreponiéndose a la humillación y al dolor
para mantener intacta su fe, su reserva espiritual y su convicción firme de que
Venezuela es una nación bendita destinada a florecer.
Al
final, el Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María triunfará.
Pedro
Morales
Economista
ULA. Profesor Titular ULA – UNET.
«Salve
María Auxiliadora, economía de la salvación y de la felicidad verdadera» pedromoralesrodriguez@gmail.com

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