Apocalipsis ahora: el caso venezolano (I)

 

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El libro del Apocalipsis ha sido, durante siglos, la obra más incomprendida y evadida de la historia. En las iglesias se esquiva en la predicación por el temor infundado a aterrorizar a los fieles, mientras que en la academia se le desestima por la aparente impenetrabilidad de su lenguaje simbólico. Sin embargo, el obstáculo jamás ha residido en el texto sagrado, sino en la traba de las lecturas lineales y literalistas que, al no saber descodificar sus visiones, terminan reduciendo un mensaje de luz a un mito sobre la destrucción final del mundo.

La palabra griega original apokalupsis no alude a un fin del mundo anárquico ni a un castigo caprichoso. Significa estrictamente «desvelar», «quitar el velo» o «ejecutar un desnudamiento ontológico»: es el retiro paulatino de las ilusiones estructurales, morales y cognitivas que sostenían a la civilización, para que la verdad oculta de la realidad quede expuesta en su total transparencia. El Apocalipsis no es una profecía distante o una amenaza para un futuro lejano; es la cartografía teórica y la radiografía más lúcida de la crisis contemporánea que padece el planeta y que atenaza la vida diaria de la gente común.

En este marco, la realidad venezolana se asume aquí no como un fenómeno aislado o contingente, sino como el estudio de caso prototípico y el laboratorio empírico por excelencia para contrastar de forma concreta cómo las leyes universales de la Revelación se manifiestan en la historia presente.

Lo que hoy la ciencia de frontera intenta explicar desde la geofísica, la economía o la sociología, la teología sagrada ya lo tenía codificado en la estructura del Apocalipsis. El texto sagrado anticipó de forma asombrosa las leyes de la termodinámica de la conciencia, la entropía social y la heliofísica. Lo que la física define como el decaimiento de la coherencia y la acumulación de fricción en un sistema cerrado, la Revelación lo desnudó desde su raíz ontológica como el pecado y el alejamiento deliberado del orden de Dios.

Este fenómeno espiritual es el que, desde nuestro Modelo teórico de desarrollo integral desde la perspectiva axiológica y espiritual, identificamos de forma equivalente con el impacto de las «bajas vibraciones» del ser humano: la soberbia de la autorreferencialidad (filautia), el engaño, la corrupción, el chantaje y la iniquidad social y económica. Esta acumulación de energía entrópica termina destruyendo las bases de la convivencia, fracturando las instituciones y rompiendo el escudo sutil del territorio hasta desatar la purga inevitable del planeta.

La urdimbre del despojo: la secuencia lógica de los sellos y el ahogamiento de los pueblos

Al adentrarnos en la arquitectura del Apocalipsis, la apertura del septenario de los sellos en el capítulo 6 se revela no como una suma aleatoria de eventos, sino como una demostración pedagógica de una secuencia lógica e inexorable. Cada sello avanza progresivamente desnudando y sacando a la luz pública la trama de un plan macabro, donde la acumulación de la entropía moral y el dominio de la baja vibración van desmantelando, paso a paso, la vida de una nación.

El primer sello (Apocalipsis 6, 1-2) muestra la irrupción del primer jinete sobre el caballo blanco, la ambición de dominio y la hegemonía imperialista. Sin necesidad de darle protagonismo a figuras políticas individuales, el Apocalipsis desnuda el «milagro» macabro de la geopolítica mundial: la pretensión histórica y continuada de las grandes potencias por adueñarse de las riquezas ajenas.

Venezuela, por su posición geográfica estratégica y sus inmensas reservas de petróleo, minerales y agua, ha sido blanco de una codicia que busca amputar su soberanía, tratándola en la práctica como un territorio tutelado o una colonia energética. Esta soberbia imperial es la encarnación viva del caballo blanco: el impulso por salir venciendo y someter a los pueblos vulnerables mediante la mentira diplomática o la fuerza dominadora (Apocalipsis 6, 2).

Esta pretensión de dominio desencadena inmediatamente la dinámica del segundo sello (Apocalipsis 6, 3-4): el segundo jinete sobre el caballo bermejo o rojo, la violencia, el quiebre de la paz y la fragmentación social. Al montador de este caballo rojo se le otorga una gran espada para quitar la paz de la tierra y hacer que los hombres se maten unos a otros (Apocalipsis 6, 4).

Este caballo bermejo encarna la pugna histórica y encarnizada entre bloques ideológicos y potencias de distinto signo —tanto las vertientes del capitalismo voraz como los modelos del socialismo y comunismo autoritario—. Detrás del ropaje doctrinal y del discurso polarizador, ambas corrientes convergen en el mismo materialismo deshumanizante: utilizar a Venezuela como un tablero de enfrentamiento geopolítico para capturar sus recursos estratégicos y fortalecer sus respectivas esferas de poder. La confrontación entre estos extremos ha exacerbado la división, el odio y el conflicto entre hermanos, desatando la violencia interna y destruyendo la convivencia social.

En la historia humana, esta acción maquiavélica responde a una manifestación atávica de mezquindad, envidia y baja vibración: a las potencias no les interesa bajo ningún concepto que un país con el inmenso potencial de Venezuela se desarrolle, crezca e industrialice, pues una nación próspera y soberana representaría una competencia directa y una amenaza a sus intereses particulares de hegemonía. Por ello, ahogarla en la fragmentación interna es el mecanismo deliberado para frenar su destino de grandeza.

Es precisamente como consecuencia de este enfrentamiento fratricida y de la desestabilización promovida por los intereses de bando y bando que se perpetra el despojo del capital intelectual de la patria: un éxodo masivo de más de ocho millones de ciudadanos, mediante el cual las potencias del mundo —y, de manera indirecta, diversos países receptores— se han llevado a una porción significativa de los jóvenes talentosos, los intelectuales y los profesionales de más alta formación, amputándole a la nación su cerebro y su capacidad de desarrollo soberano.

Es sobre este terreno devastado por el conflicto y la fuga de talento donde el tercer sello (Apocalipsis 6, 5-6) instala su peso más temible y cotidiano: el tercer jinete sobre el caballo negro, que sostiene la balanza en la mano. A través de la proclama profética: «Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario; pero no dañes el aceite ni el vino» (Apocalipsis 6, 6), la Revelación condensa lo que en nuestro análisis traducimos como el encarecimiento extremo de la comida, donde, en la mayoría de los casos, el ingreso de toda una jornada ni siquiera alcanza para comprar el pan de la subsistencia.

Aquí el Apocalipsis le habla directamente al venezolano de a pie. Esta visión sagrada explica el fenómeno de la iniquidad económica, donde se congela el ingreso real, se pulveriza el poder adquisitivo de los trabajadores y se destruye el valor del salario mínimo vital. Es el drama de la familia que se descubre en indigencia frente a costos prohibitivos en divisas, donde comprar la proteína elemental, garantizar la salud o pagar tratamientos médicos se vuelve un imposible. La balanza del caballo negro desnuda la perversión de un sistema donde la economía se utiliza como un mecanismo de sometimiento para quebrantar la dignidad del ciudadano.

Asimismo, la orden de «no dañar el aceite ni el vino» encierra una doble revelación profunda. En el plano terrenal, expone la asimetría del modelo utilitarista: mientras la comida básica del pueblo se encarece hasta volverse inalcanzable, los negocios de especulación financiera, los privilegios y los consumos suntuarios de las élites inicuas permanecen intactos y sin tocar. Pero en el plano espiritual e intelectual, representa la reserva inexpugnable del Ser: la baja vibración puede asfixiar el bolsillo del ciudadano, pero es incapaz de contaminar la unción del Espíritu (el aceite), la luz de la fe viva (el vino) y la dignidad moral del pueblo consciente.

La consecuencia final de este engranaje de ambición, violencia y asfixia económica se manifiesta en el cuarto sello (Apocalipsis 6, 7-8): el cuarto jinete sobre el caballo amarillo o pálido, cuyo nombre es Muerte y a quien sigue el Infierno (Apocalipsis 6, 8), multiplicando la devaluación biológica. A este jinete «le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra» (Apocalipsis 6, 8).

El Apocalipsis explica que el estrangulamiento socioeconómico no es neutro; provoca un exceso de mortalidad evitable, arrebata la protección a los adultos mayores y jubilados, y compromete de forma trágica el desarrollo físico y cognitivo de la infancia. No es un desastre abstracto: es el sufrimiento de hombres y mujeres de carne y hueso cuando la soberbia humana pulveriza las bases de la vida.

En síntesis, esta secuencia lógica de los cuatro jinetes expone la estrategia más maquiavélica y de más baja vibración del poder imperialista: el objetivo fundamental jamás ha sido la paz, la democracia ni el bienestar del pueblo venezolano, sino el apoderamiento absoluto de sus riquezas materiales e intelectuales.

Para las potencias dominantes, un país próspero, soberano y en pleno desarrollo industrial y científico representa una amenaza directa a su hegemonía; por ende, les resulta geopolíticamente conveniente mantener a la nación sumida en el estancamiento, la vulnerabilidad y la dependencia. Mediante aparatos mediáticos y falsas narrativas de auxilio, el sistema viste de "acción humanitaria" lo que en la praxis es una contención planificada para impedir el surgimiento de un competidor soberano en la región, reduciendo a la población a un recurso utilizable en el tablero del dominio global.

La preservación de la conciencia y el refugio del Resto Fiel (Apocalipsis 7)

Frente a este escenario de aparente desolación —aparente porque, aunque la crisis abruma en lo material, la ruina terrenal no tiene la última palabra ni logra doblegar el alma de la patria—, el capítulo 7 (Apocalipsis 7, 1-3) introduce una pausa de profunda esperanza ontológica. Cuando el texto sagrado describe a «cuatro ángeles que detienen los cuatro vientos de la tierra» (Apocalipsis 7, 1), representa la contención del colapso y el freno a la entropía destructiva: un respiro divino para que el mal no arrase con la reserva moral de la nación.

Esta pausa tiene como fin marcar con el sello del Dios vivo la frente de sus siervos (Apocalipsis 7, 2-3), que en nuestro análisis es la preservación del centro de la conciencia, el pensamiento superior y la dignidad humana. Este sello se encarna en la inmensa mayoría de la fuerza laboral y social venezolana que se ha negado a caer en las bajas vibraciones de la corrupción, el engaño y la degradación ética. Es la reserva moral que sostiene al país: la totalidad de los integrantes del sistema educativo nacional —docentes, personal administrativo y obreros desde la educación inicial hasta la universitaria—, los estudiantes de todos los niveles que perseveran con la ilusión de formarse para el futuro, los trabajadores de la salud, los productores del campo, los profesionales, técnicos y trabajadores de todos los sectores, junto a las familias de profunda fe en Jesucristo y la Virgen María que, con inquebrantable dignidad, mantienen vivo el tejido social y creen en el destino de grandeza de la patria.

Es sobre esta reserva ciudadana donde el texto revela el sellado de los 144.000 (Apocalipsis 7, 4) y la multitud vestida de ropas blancas (Apocalipsis 7, 9). Lejos de ser un número literal o un cupo exclusivo, esta cifra simétrica simboliza la totalidad inexpugnable del «Resto Fiel»: aquellos millones de hombres y mujeres que han «lavado sus ropas en la sangre del Cordero» (Apocalipsis 7, 14), sobreponiéndose a la humillación y al dolor para mantener intacta su fe, su reserva espiritual y su convicción firme de que Venezuela es una nación bendita destinada a florecer.

Un umbral abierto hacia la conmoción de la materia

Hasta aquí, el desglose de los sellos nos ha revelado la urdimbre de las intenciones humanas, el ahogamiento económico y las tramas de la geopolítica sobre el cuerpo social. Sin embargo, la revelación del Apocalipsis no se detiene en la descripción de las estructuras terrenales.

En nuestra próxima entrega, cruzaremos el umbral hacia el septenario de las trompetas y las copas (capítulos 8 al 16): la dimensión donde la acumulación del desorden moral humano rompe los límites de la sociedad e impacta directamente en la física del planeta. Analizaremos cómo el átomo y la materia responden a la baja vibración, la sobrecarga electromagnética del Ciclo Solar 25, la aceleración de los sismos y desastres telúricos, la anatomía tecnocrática de la Bestia y el colapso repentino de la gran Babilonia. La verdad apenas comienza a desnudarse.

Al final, el Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María triunfará.

 

Pedro Morales

Economista ULA. Profesor Titular ULA – UNET.

«Salve María Auxiliadora, economía de la salvación y de la felicidad verdadera»

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