Carta abierta a María Corina Machado
Carta
abierta a María Corina Machado
El
heroísmo trágico del trabajador venezolano y la ilusión de la normalidad
Muy respetada Dra. María Corina Machado: al presentar
públicamente a través de esta tribuna la segunda parte de nuestro informe
doctrinal y técnico dirigido a la administración de los Estados Unidos, lo
hacemos con la convicción de que su liderazgo y su alta capacidad de
convocatoria ciudadana deben estar plenamente sintonizados con la realidad más
profunda de nuestra tragedia social. Mientras el poder tutelar de Washington y
la geopolítica exterior reconfiguran el tablero de la nación, la tragedia
silenciosa del trabajador venezolano —sostenida sobre la inmolación de sus
servidores y la falsa normalidad— exige que los principales referentes del liderazgo
democrático interno asuman con absoluta claridad esta realidad microeconómica.
Este documento se comparte con usted no para recargar sobre
sus hombros una solución mesiánica ni para limitar la exigencia a protestas
reaccionarias ante la fachada institucional local, sino para que, desde su
indiscutible capacidad de convocatoria, su voz impulse —junto a los gremios,
los sindicatos y la sociedad organizada— la articulación necesaria para
interpelar con firmeza al verdadero poder tutelar que condiciona la economía,
exigiendo la restitución inmediata de la dignidad, el salario y la vida en
nuestra patria.
Informe para la administración de EE. UU. (II)
Existe una paradoja trágica y conmovedora en el corazón de
la sociedad venezolana, una realidad que la geopolítica internacional, las
cúpulas del poder y la dinámica de un debate político a menudo atrapado en el
folclore de la coyuntura parecen incapaces o reacias a comprender. Mientras las
cancillerías debaten en la distancia y los discursos oficiales y de superficie
aparentan una marcha institucional ininterrumpida, la vida cotidiana del país
se sostiene sobre una ficción perversa: la simulación de una normalidad que se
paga con la salud, la vida y la dignidad del trabajador venezolano.
En esta segunda entrega del informe técnico, ético y
doctrinal dirigido a la administración de los Estados Unidos —instancia que
ejerce hoy una tutela fáctica e innegable sobre los destinos y recursos de la
nación—, resulta un deber moral de estado y de conciencia filosófica poner al
descubierto la dimensión humana de esta catástrofe. La continuidad de las
instituciones no es síntoma de bonanza ni de estabilidad gubernamental; es el
resultado de una reserva moral exhausta que no puede seguir siendo ignorada ni
por el régimen de turno, ni por la administración Trump, ni por la colectividad
nacional que, aun formando parte integral de esta misma tragedia social,
necesitamos tomar conciencia de cómo el servicio que recibimos ha consumido la
vida de quienes lo prestan.
1. La paradoja de la
vocación como subsidio existencial
En todos los rincones de la patria, y en la totalidad de
sus instituciones públicas —desde las aulas e instancias universitarias en sus
ámbitos docente, administrativo y obrero, pasando por las escuelas y liceos,
hasta los quirófanos de los hospitales, los espacios de la cultura, el deporte,
los puestos policiales, los cuarteles y demás áreas del servicio social—,
acontece un fenómeno sin parangón en la historia contemporánea: el servidor
público financia con su propio organismo la existencia del Estado.
Cuando un profesor universitario o un maestro acude a
impartir cátedra, cuando un médico o una enfermera se presenta a un turno sin
insumos básicos, o cuando cualquier otro funcionario o servidor público cumple
con su deber bajo asignaciones simbólicas que, aunque se pretendan maquillar
con bonificaciones y discursos mediáticos, lo sitúan dentro del umbral de la
pobreza extrema definido por los estándares internacionales, no estamos ante un
hecho económico ordinario. Estamos presenciando una inmolación. El profesional
venezolano padece un martirio silencioso: trabaja enfermo, camina kilómetros
para ahorrar el pasaje, posterga sus tratamientos médicos y enfrenta la
angustia de la desnutrición en su propio hogar, movido únicamente por un
sentido superior del deber y una mística institucional que se niega a dejar
morir al país.
Aunque la universidad y sus aulas sean nuestro observatorio
natural, esta realidad atraviesa a toda la gama de la clase trabajadora
venezolana. Desde el sector educativo y de la salud, hasta los trabajadores de
la economía informal, del sector privado, del campo, de los servicios públicos,
de la seguridad y del personal administrativo y obrero de cualquier nivel,
ningún trabajador es ajeno a este despojo. La universidad es solo el reflejo a
escala de lo que ocurre en cada rincón de la patria.
2. La ilusión de la
gratuidad y la anestesia social
Es hora de
hablar con la verdad descarnada que exige la altura de nuestro tiempo, sin reclamos,
pero con absoluta claridad axiológica. La sociedad venezolana en general ha
caído involuntariamente en el anestesiante velo de la rutina. Se abren los
semestres, se atienden miles de estudiantes, los niños acuden a las escuelas,
los enfermos son recibidos en los hospitales y el ciudadano asume que la
educación y la salud son "gratuitas" porque así lo consagra la norma
constitucional.
Pero esa
gratuidad es una ilusión trágica. En Venezuela nada es gratuito: la gratuidad
la está pagando el profesor que se desmaya de debilidad frente a un pizarrón;
el médico que compra con su escaso patrimonio las suturas para atender a un
paciente; el trabajador obrero y administrativo que mantiene en pie la
infraestructura sin dotación ni protección alguna. La gratuidad en Venezuela se
cobra en vidas humanas. Seguir validando este esquema como algo «normal»
implica perpetuar, aún sin quererlo, un sistema de despojo que destruye la
reserva intelectual y moral de la república.
3. El llamado de estado:
de la ceguera geopolítica a la restitución vital
Tanto el régimen venezolano al pretender proyectar una
falsa estabilidad, como la administración de EE. UU. al administrar licencias y
sanciones desde la frialdad de las cifras, cometen el mismo error de juicio:
reducir al ser humano a un indicador maleable. No se puede construir una
transición cívica ni restablecer el orden democrático sobre las ruinas
biológicas de la fuerza laboral.
Exigir la restitución del salario mínimo vital
—fundamentado en la ley de Engel y en el artículo 91 de la Constitución, que
ubica el costo de la vida digna entre 3.000 y 3.500 dólares mensuales, con su
correspondiente escala de 16.000 dólares para el máximo escalafón académico
(revisar artículo anterior)— no es una simple reivindicación gremial. Es un
mandato de supervivencia nacional.
Las instituciones no pueden seguir funcionando a costa de
la muerte lenta de sus servidores. La comunidad nacional e internacional debe
despertar de este letargo: la vocación del trabajador venezolano no es un
recurso inagotable para maquillar la crisis; es el último baluarte de la
civilidad que hoy clama, ante Dios y el mundo, por la restitución inmediata de
la justicia, la dignidad y la vida.
Cierre doctrinal
La doctrina ortodoxa que condiciona el salario a una
supuesta baja productividad colapsa ante la tumba de la realidad venezolana. Si
el país sigue en pie y operativo no es por gracia del sistema, sino por la
altísima productividad real, la resiliencia y el heroísmo cotidiano de un
trabajador que sostiene las instituciones con su propio esfuerzo mientras
sobrevive con un ingreso de miseria. Desmantelar esa falacia es un imperativo
ético que nuestro modelo de desarrollo integral demuestra con rigor: el venezolano
produce con creces; lo que ha colapsado es la valoración justa de su trabajo.
Restituir el poder adquisitivo y el salario vital no es una
graciosa concesión, sino el detonante de un profundo impacto en la economía
real y en el bienestar de la sociedad. Más allá de lo material, devolverle un
ingreso digno al trabajador sanará el tejido social, disipará el desgaste
biológico y restaurará la paz cognitiva, axiológica y espiritual de la familia
venezolana, demostrando que la verdadera riqueza de la nación reside en la
dignidad redimida de sus servidores bajo la providencia de Dios.
«Al final, el Inmaculado Corazón de
la Santísima Virgen María triunfará.»
Artículo anterior relacionado:
Morales,
P. (2026, 23 de octubre). Informe para la administración de EE. UU. (I):
Productividad del trabajo en Venezuela y la ley de Engel. El Nacional. https://www.elnacional.com/columnas/2026/10/informe-para-la-administracion-de-ee-uu-i/
Pedro
Morales
Economista
ULA. Profesor Titular ULA – UNET. Expresidente de APUNET
«Salve María
Auxiliadora, economía de la salvación y de la felicidad verdadera»
pedromoralesrodriguez@gmail.com
| WhatsApp: +58 416 8735028

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