¿Van a parar las Universidades? De la asfixia presupuestaria al cierre técnico
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Plantear en pleno año 2026 la interrogante de si las universidades venezolanas
van a parar o encaminarse hacia un cierre, constituye una evidente falacia
analítica que devela un profundo desconocimiento de la realidad institucional.
Para la sociedad y la opinión pública, es imperativo comprender que la
universidad —en sintonía con el proceso de desestructuración que ha sufrido el
país— no se encuentra ante la amenaza de un colapso futuro, sino en un estado
de cierre técnico materializado y
prolongado desde hace más de una década. Atribuir el concepto de
"normalidad" a la educación superior actual solo por el hecho de
mantener las puertas abiertas, es ignorar que los soportes macroeconómicos y
operativos que garantizaban la excelencia académica fueron pulverizados de
manera sistemática.
A partir de este marco referencial, desde la perspectiva de la ciencia
económica, el
presupuesto universitario dejó de ser el órgano vital de planificación para
convertirse en una ficción contable. Históricamente, hitos cambiarios como la
implementación del SIMADI en 2015 marcaron el punto de inflexión donde la
capacidad real de las asignaciones en divisas se contrajo críticamente,
condenando a las instituciones a funcionar muy por debajo de su Mínimo Nivel de Operatividad (MNO).
Sobre la base de esta premisa de contracción, al sobrepasarse el umbral
negativo de la Ley de los Rendimientos Decrecientes, variables estructurales como la
sobreutilización de una capacidad instalada obsoleta, la deserción forzada del
talento humano —que abarca tanto a la planta profesoral como al personal
administrativo y obrero— y la supresión de las providencias estudiantiles,
arrastraron a baluartes como la Universidad Nacional Experimental del Táchira
(UNET) a un punto de cierre técnico.
Al historiar esta dinámica de contracción, si bien la primera parte del siglo XXI estuvo marcada
por un crecimiento sostenido de la matrícula y la aparición de nuevas carreras,
la asfixia presupuestaria y la conflictividad nacional mermaron con severidad
esos avances; un declive exacerbado por una compleja crisis económica y social
que, agravándose año tras año en el transcurso de estos 26 años, ha configurado
una tormenta perfecta sobre el país y, por ende, ha repercutido de manera
directa e irreversible sobre la institución.
No obstante, frente a este repliegue histórico, en la actual fase
postpandemia se observa
una paradójica tendencia al incremento en la demanda de la matrícula
estudiantil; un repunte que vuelve a presionar a la institución sin que se
hayan resuelto, bajo ninguna circunstancia, las distorsiones de fondo en
infraestructura, salario y presupuesto. De este modo, la asfixia sistemática
ejecutó el quiebre operativo mucho antes de que la dinámica universitaria se
detuviera por completo.
A la luz de estas consideraciones económicas, el verdadero drama no radica en
una eventual suspensión de actividades gremiales, sino en la flagrante
transgresión del espíritu y la letra de la Ley de Universidades. Al erosionar
de forma crónica e inducida el poder adquisitivo del salario de toda la comunidad
laboral universitaria —generando una indigna plusvalía donde el profesorado y
los trabajadores técnicos, administrativos y de servicio terminan subsidiando
la educación a expensas de su propia subsistencia— se anuló la capacidad del
Estado para dignificar la investigación, la docencia y la extensión.
Por consiguiente, e hilvanando esta realidad jurídica, denunciar el estado actual de la
academia no es una postura de alarma coyuntural; es dejar constancia histórica
de que la universidad, tal como la concibe la ley y la misión civilizatoria,
fue clausurada en sus capacidades sustantivas desde el momento en que se
destruyó su autonomía financiera y su dignidad socioeconómica.
Es oportuno precisar, en este punto del análisis, que no se trata, bajo
ninguna circunstancia, de
soslayar la gravedad de la crisis que asfixia el bolsillo del capital humano.
La remuneración salarial en Venezuela ha sufrido un proceso histórico de
precarización institucionalizada, exacerbado por recientes decretos de ingresos
que, lejos de ser responsables, califican como decisiones irresponsables que
atentan directamente contra la vida y la subsistencia de los trabajadores
venezolanos y, por ende, de los universitarios. La remuneración justa es el
soporte vital de los hombres y mujeres que dinamizan la academia desde sus
diferentes roles técnicos, operativos y académicos.
Sin perjuicio de lo anterior, e integrando una visión macroestructural, evaluar a la universidad
exclusivamente a través de la variable salarial o gremial sería un
reduccionismo conceptual; lo que verdaderamente está en juego es la
supervivencia de la Universidad como institución fundamental del Estado. El
salario es el motor que dignifica al trabajador —docente, administrativo u
obrero—, pero la universidad es el faro institucional e intelectual cuya
destrucción trasciende cualquier coyuntura distributiva, pues compromete el
destino mismo del saber y de la sociedad.
Desde una perspectiva historiográfica y documental, este prolongado estado de asfixia
material se encuentra fehacientemente documentado en la propia historia
institucional. Resoluciones del Consejo Universitario de la UNET, tales como la
CU 026/2015 —que declaró la emergencia universitaria ante la necesidad
perentoria de sincerar, cualificar y cuantificar la crisis— y la posterior CU
032/2016 —que ordenó un análisis exhaustivo de los daños, desviaciones y
distorsiones generados por esta crisis deliberada e inducida—, demuestran que
el colapso estructural no es una hipótesis, sino un hecho corroborado.
En este orden de ideas, resulta palmario que, la contracción presupuestaria ha
operado como un agente exógeno de degradación que erosiona la médula misma de
la institución: sus procesos académicos y administrativos fundamentales. Si una
institución de educación superior pierde la capacidad de ejecutar y anunciar
estos procesos esenciales, sufre una mutación ontológica; deja de ser, en
esencia y derecho, una universidad, y tendría que ser denominada de otra
manera, pues se habría desvanecido la universalidad de su propósito.
Por otra parte, para ensanchar el horizonte de la discusión, comprender la magnitud de esta
desestructuración, es éticamente imperativo trascender la simple visión
corporativa o gremial y adentrarse en la dimensión sistémica de la organización
universitaria. No estamos discutiendo aquí sobre las reivindicaciones del
personal académico o del personal administrativo como estamentos individuales;
nos referimos a los constructos procesales que definen la existencia de la
academia.
A tal efecto, importa precisar que los procesos
académicos constituyen la razón de ser e identidad de la universidad;
engloban la generación, cultivo, integración y difusión transdisciplinaria del
conocimiento a través de la docencia de pregrado y postgrado, la investigación
científica y la extensión comunitaria. Por su parte, los procesos administrativos representan
la plataforma logística, financiera, tecnológica y normativa que viabiliza la
operatividad institucional. La relación entre ambos es de estricta codependencia
funcional: los procesos administrativos sustentan, blindan y dotan de
factibilidad material a la labor de los procesos académicos. Sin esta simbiosis,
la praxis universitaria resulta impracticable.
Orientando la mirada hacia la dimensión epistemológica, resulta imperativo delimitar el
debido equilibrio entre la dimensión cuantitativa y cualitativa de la vida
universitaria, pues un error de enfoque desvirtúa la esencia misma de la
institución. La universidad no puede ser medida ni evaluada reduccionistamente
a través de variables volumétricas: el número creciente de estudiantes
matriculados, la cantidad de semestres forzados al año, el censo de unidades de
transporte activas o el inventario de bandejas servidas en el comedor. Si bien
la gestión institucional tiene la obligación ineludible de optimizar estos
recursos logísticos, ellos son apenas el medio y no el fin.
En consonancia con este postulado teleológico, la verdadera naturaleza de la
universidad radica en velar por el aspecto cualitativo: la formación integral y
la excelencia académica. El éxito de una casa de estudios no se calcula por la
cantidad masiva de egresados que arroje anualmente al mercado, sino por la
calidad ética y profesional de esos ciudadanos que se insertan en la sociedad.
Son ellos quienes, al reflejar resultados favorables y transformadores en sus
campos de acción, proyectan y validan la verdadera imagen y trascendencia de la
institución ante el mundo.
Como derivación fáctica de este desajuste sistémico, la manifestación más evidente y
dolorosa de la ruptura de este equilibrio es la destrucción de la
infraestructura física y tecnológica, la cual ha avanzado al mismo ritmo que el
arraigo de la crisis económica. La parálisis forzada de proyectos emblemáticos
y la imposibilidad de mantener laboratorios, aulas y sistemas de conectividad
no constituyen simples daños estéticos o inmobiliarios; representan la
mutilación del entorno donde los procesos administrativos deben sustentar la
ejecución académica.
Como correlato de esta devastación material, la falta absoluta de recursos ha degradado los
espacios físicos hasta convertirlos en el reflejo material del punto de cierre
técnico. Al destruirse la infraestructura, se fractura el canal donde convergen
la administración y la academia, provocando un daño antropológico y científico
que compromete severamente no solo el presente de la institución, sino la
reserva intelectual de la región y del país.
A modo de corolario analítico y ante la paradoja institucional presente, hacer un diagnóstico de los
procesos académicos implica reconocer que el verdadero peligro del
"paro" universitario no radica en una huelga sindical. El verdadero y
silencioso paro es el que provoca la obsolescencia técnica y el éxodo forzado
del personal docente, así como del personal administrativo y obrero, quienes
completan la comunidad laboral universitaria afectada por salarios de
subsistencia.
Frente a este severo cuadro de iliquidez y
vulnerabilidad del talento humano, resulta un contrasentido y un peligro
institucional proyectar o intentar crear nuevas ofertas —como la carrera de
Economía— desconociendo la economía universitaria, la brecha latente entre una
demanda creciente de matrícula estudiantil y una oferta mermada de personal
académico, y los requerimientos normativos mínimos. Por lo tanto, la prioridad
fundamental de gestión debe ser, inequívocamente, la consecución y
administración de recursos para que las carreras existentes se reactiven,
fortalezcan y superen el severo quiebre de sus procesos académicos y
administrativos.
En sintonía con esta postura axiológica, sincerar, cualificar y cuantificar la crisis —tal
como lo demandan los principios de la Ingeniería de la Economía Humana— es el
primer paso obligatorio. La universidad no se detiene por consignas o discursos
coyunturales; se apaga cuando se destruye la dignidad institucional e
intelectual de la casa de estudios que hace posible la trascendencia del saber.
Al final, el
Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María triunfará.
Pedro
Morales
Economista (ULA). Profesor Titular de la ULA y la UNET.
Misión eucarística para la liberación espiritual: «Economía de la salvación y
de la felicidad verdadera». Correo: pedromoralesrodriguez@gmail.com

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